RESUMIENDO

Aún no se qué decirte

Recuerdo la primera vez que el tiempo y la geografía nos presentaron. Llovía como en los días tristes y melancólicos, cuando las gotas buscan el suicidio en el marco de la ventana mientras observamos su muerte con pose pensativa y una taza de café caliente entre las manos. El tipo de lluvia que llena las cafeterías de gente enfadada con el clima, con la política, con sus amigos. Con su vida en realidad.  

Y en aquel momento tampoco te supe qué decir. Que tenías el pelo mojado de haber huido de la llovizna por la calle, que aquellas perlas de agua relucían entre el caoba de tu pelo como oro escondido entre las paredes de una mina. Que cuando me fijé en aquella sonrisa sincera por primera vez super ver la oscuridad tras de ella que la hacia brillar más. Que me moría por conocerte, y esperando habría muerto si no fuese por la naturalidad con la que te acercaste a hablarme.

Tú si sabías que decirme. Siempre lo has sabido.

Te sentaste a mi lado, con la gracia de quien está cansado tras un día de golpes pero sigue guardando en sus ojos la simpatía suficiente que ofrecerle a un desconocido. Te presentaste dándome la mano, las formalidades eran en ti lo más cálido del mundo. Durante todo el tiempo que estuvimos hablando no pude dejar de pensar en las cosas que te quería decir pero no venían a mi mente. Cuando creía que había dado con la palabra adecuada, con la frase que me diese aires de erudito e ingenioso, con la expresión que pudiese hacerte estallar en risas, se me olvidaba. Con cada movimiento de tu enmarañada melena, con el pequeño temblor de tus manos, con cada destello de aquel pequeño colgante que llevabas y aún hoy llevas. Todo en ti me hacía olvidar aquello en lo que pensaba, esparcías mis pensamientos hasta lugares donde no los podía rescatar después. 

Y aún así. A pesar de mi torpeza al hablar, de mi incapacidad para expresarme a tu altura, fui capaz de hacerte reír. Llegaste a escuchar cada una de mis anécdotas inventadas con suma atención, con los labios entreabiertos, gesto que aún haces y tanto odias, que tan especial te hace. Llegué a interesarte lo suficiente como para seguir haciéndolo 5 años más tarde.

5 años en los que no he sabido qué decirte ni por un instante. 

A veces me pregunto si es por eso que sigues a mi lado. Si esperas el día en que por fin consiga hablar, como si fuese el guardián de un gran secreto que estás empeñada en desvelar. Qué pasará cuando hable? Te parecerá la sencillez de mis palabras la más devastadora confesión, capaz de unir finalmente tu elocuencia con mi falta de tal? O por contra huirás a buscar nuevos misterios que te supongan mayores retos? 

Ojalá que mi pequeño secreto pueda finalmente ganarte. Que equipare la fuerza con la que tus labios han estado sellando los míos todos estos años. 


Que tiemblo y bailo; que río y lloro, al pensar con los posibles resultados que mis palabras pueden alcanzar. Tu eres quien decide, al oírme confesar que, cariño, te guardo un secreto, el que nunca te he podido revelar, porque no hay palabras posibles que te puedan dibujar. Así que resumiendo tanto que me es posible guardar un mundo en ello, te digo: 

TÚ, CONMIGO. NOSOTROS.

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