El 75% de la vida

A veces me pongo triste al pensar en el agua. 

Podría ser por lo poético de las gotas de lluvia recorriendo las ventanas del tren que te trae de vuelta a casa, afanándose en llegar las primeras al final del cristal, dejando un rastro de su propia vida en el camino. 

Podría ser por el sonido de las olas del mar, su grito ahogado cuando rompen contra la arena. Muriendo con ellas las historias de los pequeños rastros de coral que arrastran en su vaivén, obligando a peces de colores a formar parte de su recorrido. 

Quizá la sal de las lágrimas que desprendemos al perder aquello que amamos. Las de un niño al romper su querido peluche de jirafa, a expensas de haber sido él quien le tiraba minutos antes de las orejas. Las de aquella chica sentada frente a ti en el asiento del autobús, con los ojos enrojecidos y las manos entumecidas de aferrarse a sus brazos, tratando de recuperar el calor que se llevó al alejar su cuerpo del de ella en la estación. 

Pueden ser las nubes grises de cada lunes, encargadas de aplicar el filtro azul en nuestras vidas, sin necesidad de Instagram que nos haga parecer más interesantes. 

Y sobre todo esas dos moléculas de Hidrogeno. ¿Nadie le dijo a Oxigeno que tres son multitud? 


Porque somos 75% agua, somos 75% tristeza. Y por lo tanto el 75% de belleza que reside en ella.

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