EFÍMERO
Como cada lunes el móvil me despierta a las 7:00, ni un segundo de diferencia con el lunes pasado, y como cada semana hago como que no lo oigo durante 5 minutos, hasta que la conciencia me remuerde recordándome que llegaré tarde. Salgo de la cama, vacía, notando su ausencia, recordando durante un segundo lo que era tenerla a mi lado.
Salgo de la cama, no me esfuerzo en encontrar las zapatillas y el frío del suelo me recuerda la época del año. Doy cuatro pasos hasta la puerta del baño, solo cuatro, y entro. Me miro en el espejo y como siempre me arrepiento de la hora en que me acosté el día anterior. Me ducho rápido, sin pensar y sin darle tiempo al frío a visitarme. Me visto con la misma ropa de todos los lunes, la camisa blanca, los vaqueros más formales que tengo y la americana negra que ella me regaló. Las 7:19, hoy he sido más rápido de lo habitual.
Salgo de la habitación para ir a la cocina, por un momento espero el olor a café recién hecho y tostadas con mantequilla, la desilusión viene después, cuando vuelvo a recordar que ya no está. Me hago yo mismo el café, de máquina, demasiado fuerte para mi gusto. Me dirijo a la mesa de desayuno, que pusimos delante de la ventana para ver amanecer todos los días a pesar de la ropa tendida de los vecinos que nos estropeaba la vista. Me detengo a mitad de camino, algo falla, hoy el día está nublado y no hay amanecer para nadie. 7:33, aun hay tiempo, cambio de planes y subo por las escaleras del salón con el café, hacia la terraza. No reparo en el tiempo y cuando llego arriba me estremezco de frío, por suerte hay una vieja manta encima del sillón, debimos dejarla ahí el otoño pasado, cuando nos sentábamos a arreglar el mundo en aquella azotea. Ahora la manta envuelve solo un cuerpo, ella también la echa de menos, le gustaba protegerla cuando se volvía toda escalofríos.
Remuevo el café y me quedo absorto viendo los pequeños remolinos que han causado mis movimientos, un pequeño océano color chocolate contenido en una taza recuerdo de París que se enfría entre mis manos. Esos remolinos son los mimos de siempre, no? Al igual que todas las mañanas son siempre las mismas, me equivoco? No son todos los días igual de largos? Todos los pestañeos igual de rápidos o los latidos del corazón igual de esenciales? Son eternos, infinitos, siempre los viviremos y siempre se repetirán, copias exactas de los anteriores, nada diferente.
No, sin duda me equivoco, nada es igual a nada, todo es irrepetible e inigualable. Vivimos absortos en nuestras vidas, nuestras rutinas que aseguramos repetitivas y agotadoras. Pienso en este lunes, hoy como todos me he levantado cansado, agotado, como siempre deseando el próximo viernes. Y sin analizar nada más todos los lunes de mi vida podrían ser copias de este, que gran error el nuestro, todo es diferente en nuestra vida. Hoy esta nublado, nada que ver con el radiante lunes pasado; hoy el café está más amargo que el de ayer, hoy me doy cuenta de esto y ahora me atrevo a adentrarme mas en mi descubrimiento. Creemos que todas las olas del mar son iguales, y es por eso que nos calma su vaivén, su sonido repetitivo; pero cada ola es diferente, cada una es formada por un golpe de viento diferente, cada una sigue su propia dirección y toma la fuerza que desea, somos nosotros quienes ignoramos las maravillas de cada una y nos conformamos solo en su sonido, olvidamos que jamás volveremos a ver la misma ola que ahora vemos, ya que es irrepetible e inimitable por ninguna otra. Lo mismo nos ocurre con la lluvia, tan igual nos parece a la que llovió la semana pasada, pero jamás volveremos a ver una lluvia como la que nos baña ahora mismo, jamás una gota volverá a caer donde lo hizo la anterior. La llama de un fuego jamás seguirá al mismo patrón que el realizado un segundo antes, y no importa si enciendes cien hogueras más o si la comparas con el mismo fuego descubierto por nuestros antepasados, nunca volveremos a disfrutar del mismo juego de luces que nos regala sobre la pared de la habitación, nunca volveremos a gozar del mismo calor que su fuego nos brinda. Lo mismo que ocurre con los latidos de nuestro corazón, pues por muy acompasados e imparables que sean jamás serán iguales los latidos de aquel momento en que de niño te regalaron ese coche que tanto deseabas, latidos exaltados, felices; los latidos de aquel primer concierto al que fuiste con tus amigos, latidos expectantes, nerviosos; ni mucho menos comparables a los latidos del día en que la vistes, latidos que dejaron de sonar por un momento, la respiración que te arrebató.
7:47 estúpido, idiota, gilipollas completo, como no he podido darme cuenta jamás de la importancia de todo, del todo en que vivimos. Lo obvié todo, di por asumido, como todos, que seriamos eternos, infinitos, que cada paso que damos seria recordados, y lo peor, pensé que siempre la tendría, que ella estaría a mi lado hasta olvidarnos de respirar. Jamás fui consciente de su perfección, de la magnitud de su belleza ni de lo único de cada uno de sus movimientos. La foto en la playa, con el sol detrás suya y la melena tapándole la cara al tiempo que se giraba hacia la cámara. La mañana de junio en que desperté a su lado, demasiado temprano para que sus ojos se abrieran, sonrió en sueños. Y aquel gesto que hacia con las manos al hablar, tan único y tan suyo que pensé que jamás dejaría de ver.
7:58, la respuesta llega tarde, ahora se que nada existirá para siempre. Efímero, cómo el sol que se cuela ahora entre las nubes, cómo el piar del pájaro que acaba de atravesar el cielo, cómo su risa cada vez que yo metía la pata, cómo cada vez que la hice reír. No lo supe aprovechar, no supe vivir cada momento, cada sonido, cada tacto. Pero todo acaba, también la ignorancia, la estupidez.
8:00 dejo el café a mi lado, se ha quedado helado, y me levanto del sillón. La manta cae el suelo y el viento me acuchilla, no me importa, le doy la bienvenida y disfruto de él, lo conozco, lo recuerdo. Marc me envía un mensaje, voy a llegar tarde, lo sé, no me importa. Bajo las escaleras y me quito la americana, se queda tirada en el suelo, no me importa. Ella ya no está, sus recuerdos tampoco ni el dolor. Busco un viejo abrigo en el armario, la ultima vez que me lo puse fue en el viaje a Munich, mis amigos y yo lo improvisamos todo. Me pongo también unas deportivas desgastadas, los mocasines no son un calzado adecuado para re-conocer el mundo. Salgo por la puerta y no miro atrás, me despedirán pero no me arrepiento, tengo mucho que hacer, mucho que conocer y aprender a querer. Se que todo se acabará, y lo irónico es que este triste pensamiento es el que ha conseguido hacerme recordar la felicidad.
¿Quien dijo que ser efímeros fuera malo? Mejor, disfrutaremos de cada momento sabiendo que es el ultimo.
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